La burocracia me llevó una vez más a Capital Federal. Donde su mayoría viviente, zombis, miran de frente al rio convirtiéndolo en mar. Cualquiera de estos sueña con su propia vaca atada. Ese mar con una añoranza de lo poco o nada que conocen cruzando el charco, más si el sentimiento de arraigo falso, desterrado de los vencidos. Eso sí, casi todos ellos tienen a su capitán navegando por el mar muerto. Zombis y muertos.
Hoy olían a conventillo. A puchero estacionado en olla de aluminio, grande, gris sucio. Puchero con grasa fría y solida. Tanta fachada y huelen mal, así es. Gente eterna, son ellos todos los Peter Pan, los Jackson, los Dorian Gray, todo un reciclaje super posmoderno. Y como tales, en sus burbujas a puntos de estallar, huelen mal. Podridos por dentro, máscaras y pieles plásticas, vuelan y atropellan. La fachada y sus colores huelen fétidamente a puchero rancio. Todo ese mar que miran de frente, a espaldas de todo un jardín de olores y de colores, a espalda de una república que no amerita a sus signos soberbios, miran ese mar que no los llega a purificar y los mantiene heridos, sin poder lavarse, mantienen en el interior de sus vísceras esas moscas que vician el puchero. Qué lindo es verte de cerca…
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