viernes, 19 de noviembre de 2010

Los anarquistas 1904-1936

Diego, cuando quieras te paso el disco ¡una joyita!

"Es un deber justo y leal"





Tango y anarquismo. Lo urgente es que Pablo Bernaba, bandoneonista y talentoso compositor –nueva camada– del Quinteto Negro La Boca, y Osvaldo Bayer tradujeron a Severino Di Giovanni en una milonga. Y la estrenarán en el marco de un festival con connotaciones que vienen al caso: por un lado, una toma de posición firme frente a las clausuras sistemáticas que la gestión de Mauricio Macri está ejerciendo sobre los lugares donde se toca música en vivo para bolsillos trabajadores. Por otro, la concreción del festival en el barrio donde todo se cruzó, y aún se cruza: el tango, el puerto, el anarquismo, la inmigración, la cultura, el arte y, sintomáticamente, el club más popular del país donde el hombre-clausura comenzó su meteórica carrera hacia el poder. “El gobierno de Macri se empecinó en cerrar especialmente los lugares de tango para los sectores populares. Por eso, la consigna es ‘El tango no se clausura’. De repente, todo empezó a encajar ¿no?... Boca, los inmigrantes, el tango, los anarquistas, el crisol, la cultura popular y la pretensión de destruirla en el mismo lugar”, principia Bernaba sobre las coordenadas centrales del 1º Festival de Tango en la República de La Boca, donde hasta el domingo confluirán –libre y gratis– el Quinteto Negro La Boca, María Volonté, Gabriela Elena Trío, la Orquesta Típica La Vidú, Los Borquéz, Dema y la Orquesta Petitera, Juan Vattuone, la Orquesta Típica Esquina Sur y el Alan Haksten Grupp, entre otros (ver programación completa y sedes aparte) con milongas, kermeses, muestras y charlas-debate, como la que darán el mismo Bayer y Javier Campos, el domingo a las 16, bajo el nombre “Tango y anarquismo”. “Después vamos a tocar la milonga de Severino con el Quinteto y Alejandro Guyot, de 34 Puñaladas, en voz”, informa el músico.
–¿De quién partió la idea de hacerle una milonga a Severino Di Giovanni?
Pablo Bernaba: –Bueno, el libro que Osvaldo escribió sobre él ha abarcado a una generación, o a varias ya, en tanto conocimiento de este personaje que yo y muchos otros hemos aprendido a querer a través de esa obra. En mi rol de músico, en mi accionar estético-político, me pareció un gran gesto homenajearlo y obviamente lo apropiado fue que Osvaldo le pusiera la letra, y él se prestó de muy buena gana. Me pasó primero un par de bocetos para el formato tango que yo había pensado en principio, porque la idea era que la letra me llevara a la música y no al revés. Me pasó un par de letras, empecé a estudiar los ritmos que más utilizaban los anarquistas de principio de siglo para sus composiciones, y me encontré con que la milonga era lo más apropiado. Y devino milonga.
Osvaldo Bayer: –Lo que pasa es que la milonga era lo que más les gustaba a los anarquistas, les gustaba mucho más que el tango, y lo que tuvimos que hacer nosotros fue acomodar eso. Yo escribí algo, nos juntamos varias veces para calcular las sílabas, tratar de que encajaran con las melodías y salió.
–¿Es su debut como “compositor”? ¿Se puede hablar de un Bayer letrista de tangos y milongas ya?
O. B.: –(Se ríe, piensa.) Mire, tengo 83 años y he hecho tantas cosas en la vida que no me acuerdo, pero creo que es la primera vez que compongo una letra. Lo que sí hice fue una canción a los peones fusilados en la Patagonia, pero después vino el exilio, tuve que dejar todos los papeles acá y se perdieron. Igual, con los famosos tangueros Homero y Virgilio Expósito hice un disco con todas las canciones históricas anarquistas, que realmente tuvo muchísima salida, y aún se sigue vendiendo. Es el disco que tiene el relato de Héctor Alterio, con música tomada de viejas grabaciones o grabadas de nuevo a través de viejos payadores, porque a los anarquistas les gustaba mucho la payada, también.
–¿Cuál fue su participación en esa obra, entonces? Porque acaba de decir que el debut fue con el texto de Severino...
–La cosa histórica, el relato que después narra Alterio. Fui uniendo el tango con las marchas anarquistas, los cantos criollos y las payadas. Los coloqué en época. Ese disco se llamó Viva la anarquía y se editó en 1974... Es un material que está en la FLA (Federación Libertaria Argentina), allí se puede conseguir.
P. B.: –Osvaldo echa luz sobre esto y está bien, porque no son letras masivas, ni son las que quedaron en el tango. Es una historia no contada pero que existió, y se reescribe todos los días. Estamos reflotando aquello que quedó y, además, agregándole nuevos sentidos desde la producción al tango libertario.
Libertario y visceral, en el caso de la milonga inédita que Bayer muere por escuchar. “Tocala, che, dale”, le insiste al joven bandoneonista que, indubitable, se niega automáticamente. “No, no hay nadie que la cante”, responde. Y aumenta la ansiedad del historiador. La secuencia es en su casa de Monroe y Arcos, que su amigo Osvaldo Soriano bautizó como “El Tugurio” –así lo indica un cartel en la puerta de entrada–, y lo que sí aparece es el texto, un mensaje de pluma y fuego que habla de Di Giovanni como “aquel héroe olvidado” de quien el pueblo su muerte lloró. De su amor por América Scarfó y del tirano que lo mató. Directo. “¡Qué lío se va a armar cuando se difunda!”, augura Bernaba. “Pongo un ejemplo, yo hice un homenaje al Che (“Tango para Guevara”), que no lo pasan en la 2 por 4, e incluso me han puteado por Facebook porque aparentemente no se puede meter la política en el tango.” “No creo que se arme lío”, tercia Bayer. “La historia de Severino es muy vieja, y la gente lo desconoce.” “Sí –vuelve Bernaba–, pero en el tema está la palabra dinamita (risas), ¡dinamita y corazón! y ésa no se escapa. Ahora un poco está cambiando, pero el público del tango es muy reaccionario.”
–¿Cuáles van a ser los ejes de la charla, más allá de la impronta de Severino y el estreno de su milonga?
O. B.: –Voy a meter al público en época, porque hoy muy pocos saben lo que es el anarquismo, ¿no? La importancia que tuvieron los anarquistas en La Boca, cómo estaban organizados, cuáles eran las diferencias con los socialistas y, después del ’19, con el comunismo. También, cómo se organizaron las sociedades obreras de oficios varios... En fin, un panorama general con la cultura anarquista incluida, porque en los locales siempre había lugar para una biblioteca, lugar para obras de teatro y para las asambleas. Los anarquistas eran tipos muy populares, tanto es así que al principio, cuando la gente empezó a jugar al fútbol, ellos decían que era un juego estúpido de once idiotas corriendo un objeto redondo (risas), pero después, cuando se dieron cuenta de que los curas agarraron la pelota y hacían jugar a los pibes en el atrio de las iglesias, cayeron en que había que hacer algo, y entonces crearon el club Mártires de Chicago, que hoy es Argentinos Juniors... ¿qué paradoja, no?
–Hubo un cambio de sentido...
O. B.: –Fue porque otros agarraron la mano en el club y quisieron decir “miren que no somos anarquistas, somos argentinos” (risas). Pero lo central es que los anarquistas no sólo se metieron en el fútbol sino también en la música popular, y no solamente en las marchas... También eran muy amigos de las payadas criollas. Tenían payadores que cantaban sobre los problemas obreros. Antes de las asambleas, siempre había un criollo que hablaba de la razón de la huelga. Era precioso. Acá tengo un cancionero anarquista con poemas de Evaristo Carriego, Ricardo Gutiérrez y muchos otros dedicados no solamente a inmigrantes, sino a criollos muertos o presos con nombres inconfundibles: Zoilo, Toribio.
–En términos de tango o música popular, es claro que la impronta libertaria no fue lo que la industria tomó como paradigma ni mucho menos. Si hay algo con lo que no se identifica al tango es con las ideas anarquistas, precisamente.
O. B.: –Porque los grandes poetas no escribían con un idioma de batalla, digamos. Eran existencialistas, hablaban de la mujer, esas cosas.
P. B.: –Igual, muchos de los que escribían, de los grandes poetas como los hermanos Expósito, tenían padres anarquistas. Incluso hicieron un tema que se llama “Guerra a la burguesía”, pero claro, la obra más conocida de Virgilio siempre va a ser “Naranjo en flor”. En la historia siempre queda algo, que es lo que se toma, y parece que del resto no hubiese nada, pero la producción tanguera de la época era tan popular, tan de autores anónimos y tango amateur que el anarquismo no podía quedar de lado. El tema es que se ocultó, o se iluminó otra parte. Por eso es importante hacer foco en esto, y creo que este festival, por el lugar donde se hace y por su consigna, es el ámbito clave para encender ese foco.

Art publicado en página 12.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Se verá, tercera parte.



¡Fuck, mierda  que me quedé  duro sin tomar nada! Totalmente sorprendido y sin saber que decir. En poco tiempo tenia que resolver, dentro de una situación perra, dentro de toda una desventaja, como gastar los pocos movimientos que te otorgan, o que les podes robar mejor dicho. Porque estos milicos son muy hijos de puta, encima si corres con esa semejante desventaja  pueden gastarte y  hasta darte una buena paliza. Inmediatamente resolví  lo mejor, y eso fue quedarme callado. Dejar que ellos pregunten, que crean que tienen el control de la tensión psicológica, eso era lo mejor. Están en una situación de completa dominación y por eso se creen con un nivel superlativo de denominación sobre las mentes ajenas. Te pueden, en esa situación, psicopatear como quieran. Eso si,  cuando la tortilla se les da vuelta, cuando sos vos quien los carga, te dan, por lo menos, un buen bastonazo en las piernas. Una vez, de pibe, estuve cazando palomas en una casa quinta (ajena, claro) con un rifle de aire comprimido. Era una quinta llena de arboles de frutas, tenía plantas de mandarinas, naranjas, ciruelas y las preferidas de casi toda la barra: nísperos. También tenía una pileta grande, de esas plásticas azules que van enterradas. El agua siempre estaba sucia. Junto a las ramas, hojas y botellas plásticas  no faltaba el vago que orinara y vomitara dentro de la pileta para formar un coctel pestilente y repulsivo. No faltaba quien se animara a probar el agua, sobre gustos... Con toda tranquilidad y como pancho por su casa, me paseaba y me detenía dentro del terreno para comer una fruta y probar puntería. En esa recorrida trato de abrir una puerta de un pequeño cuarto que estaba entre los arboles. Por lo visto, hice tal barullo que llamé  la buchona atención de un vecino. Cuando alzo la cabeza y miro hacia su casa lo veo husmeando por la ventana. Me había visto y yo a él. Era hora de irse. Supuse que llamaría a la policía, que haría la denuncia. Así fue. Cuando salto la pared de la casa y estando ya alejado una cuadra de la casa quinta  aparece un patrullero sacando chispas del barro. Como no escondí el rifle y era el único que estaba en la calle, vinieron directo a mí. Una escena verdaderamente televisiva. Frenando el patrullero casi a mis pies se bajan dos policías gritando que suelte el arma, mientras ellos me apuntaban que con las suyas que eran mucho más grandes y peligrosas. El milico que me increpa de cerca se  llamaba “palomifero.” Gritos más,  gritos menos palomifero me preguntó que hacia dentro de la quinta. Le explique sobre las palomas.
-¿Qué tipos de palomas intentabas cazar? me preguntó.
 - Con ese apellido tendrías que saber que quiero cazar palomas de las que   vuelan, le respondí.
 El muy malhumorado me subió al patrullero a los empujones tratandome como una bolsa de papas y quiso dejarme detenido en un calabozo. Como yo era menor de edad un superior se lo impidió. En ese tiempo no se permitía, ahora se permiten cualquier abuso. Me dejaron esperando en un pasillo, cerca de otros presos.  Los polis iban y venían y cada uno de ellos me obviaba al pasar. Como me colgaron ahí  no tarde en chamuyar con unos de los que estaban adentro.
-          ¿Pibe que haces acá, qué macana te mandaste? me preguntó un preso.
-          Nada, me trajeron por culpa de un viejo. Estaba dentro de una quinta cazando palomas y un viejo hizo la denuncia.
-          ¿cómo te llamas?
-          Me dicen leasho. ¿Y vos?
-          Diego. ¿Che, por casualidad no tenes un pucho?
-          No. No fumo. ¿y vos que hiciste? ¿Por qué estas acá?
-          Me imaginaba. Yo por culpa de un boludo estoy acá. No hice nada malo, no  tengas miedo. Pero no importa eso. Quedate tranquilo que en un rato te dejan ir.
-          ¿Si? nadie me dijo nada todavía.
-           No tengas miedo ni te preocupes. A lo mejor te hacen firmar un libro sabes. Ellos necesitan justificar algunas cosas y ciertos movimientos. Vos pensás que si no levantan a  nadie sería muy raro y ellos quedan como unos boludos que no sirven. Por eso te trajeron, tienen que justificar algunos movimientos y presupuestos.  Sabes… cuando yo era  un  poco más grande que vos también me metía en quilombos parecidos, algunos divertidos y otros no tanto. Vivía un poco lejos de acá,  en Lanús. ¿Conoces? Seguro que no, sos chico todavía. En Monte Chingolo solíamos jugar en una tosquera que estaba pegada al regimiento “viejo bueno.” Esos si que de buenos no tenían nada. Creo que el pozo era parte de Quilmes, otra localidad. Ahí, en esa zona, en un radio de 3 cuadras podes pasar por 5 localidades diferentes y de distintos partidos.  Vivía en frente de una fábrica de cerámicas. La fábrica fue motivo de muchas macanas, vos ahí te hubieses divertido de lo lindo, juegos de la imaginación que transportaba a otras cosas, era una visión un poco futurista y sobre todo pesimista con todas esas maquinarias, camiones y tractores. Siempre para mi todo es ruido y traqueteo de máquinas connotaba destrucción. La fabrica tenía un tamaño gigante y desde afuera se podía ver las grandes palas de los tractores levantando arcilla de grandes montañas mientras rugían esos  motores que con el solo ruido te ahuyentaban. La fábrica estaba rodeada de unos zanjones poblados de cañas y totoras. Eran tiempos de totoras y cañas en las zanjas, de vivir trepados a altas paredes para arrancar quinotos de las ramas que sobresalían de los terrenos interiores de algunas casas. Bueno, cuando el dueño de la casa era generoso solo las pedíamos, al resto se las quitábamos. Como estábamos en situaciones muy precarias usábamos gomeras para cazar pajaritos. No había rifles de aire comprimidos ni por asomo. Eran totalmente artesanales. Podiamos dedicar un día completo sólo en busca de una orqueta armoniosa y lo más perfecta posible. Con una buena orqueta, una lengua de zapatilla y goma de suero tenías un arma impecable. Los embases de leche atados con una soga  eran unos perfectos  morrales para llevar piedras que íbamos recogiendo por el camino. En esas zanjas también solíamos pescar ranas y algunas anguilas que luego de  espolvorearlas en harina iban derecho al sartén. Pero cuando queríamos más terrenos, cuando la fabrica aburría y deseábamos un campo llano, grande y fuera del alcance de las viejas íbamos hacia la tosquera. No era un simple paseo y caminata aburrida. Porque el gran pozo estaba pegado al regimiento. El mismo regimiento que tiempo más atrás habían querido  copar los montoneros y  según los vecinos que vivieron ese sucedo de cerca fue un gran quilombo.  Tipos armados, muertos y escondidos por toda la zona. Pero seguro no sabe un carajo de eso, no sé para que te lo cuento. Era una zona prohibida aún en nuestra época. En ese entonces había unos vigilantes que montaban unos caballos. Supongo que era para intimarte más de la cuenta y poder agarrarte en poco tiempo cuando decidían correrte. Eran más bravos que estos policías de cuarta. Algunos pibes del barrio aseguraban y afirmaban  por propia experiencia que si te agarraban los vigilantes te daban unos  latigazos en plena carrera, al pasar cerca tuyo te daban un buen regalo para que te lleves de recuerdo. Otro de los vigilantes era más generoso porque te daba la posibilidad de elegir, elegir entre unos latigazos en la espalda o en todo caso, simplemente aplaudir unos cardos de grandes pinches. También te metían dentro del regimiento hasta que tu viejo te localice. Para llegar a la tosquera teníamos que cruzar zanjas bastante anchas. Se necesitaba ir al otro lado de la calle. Como era chico y corto de  piernas al saltar siempre metía el ultimo pie dentro del agua podrida, que bronca me daba che… no podía superar esa distancia salvo varios días después donde una sequía podía secar un poco esas zanjas. Si me habrá retado mi vieja por meter “la pata” en el barro, por ensuciar las zapatillas así boludamente. Del otro lado y como dando la bienvenida nos esperaba un gran Ombú. De trocos  grandes y ramas muy anchas. Podíamos estar todos arriba en el árbol sin que faltara lugar. No sé si ese ombú también tenía una entrada secreta al terror como el otro, pero no es imposible imaginarlo. Una madre paraguaya aseguró que uno de sus hijos fue atacado en el ambú por unos enanos, después de eso nadie iba solo. Algunas veces solo nos manteníamos pegados a esos zanjones porque íbamos por algunas arañas para realizar un campeonato de luchas arácnidas. En esos terrenos sobraban los  agujeros en la tierra. Algunos escondidos entre los arbustos, otros a simple vista. Podían ser de sapos y en algunos otros era asombros ver como hoyos tan pequeños ocultaban arañas tan grandes y de tantos colores diferentes. Esos bichos eran nuestro fin. Llenábamos los cuevitas de las arañas con mucha agua hasta que las arañas salieran o asomaran sus patas. Luego con una pajita o una pequeña ramita las provocábamos y para que terminaran de salir. Solíamos juntarlas de muchos tipos, colores y tamaños. Hasta la hora del combate las conservábamos en unos frascos de vidrios con agujeros en las tapas para que puedan respirar. En un ring de tierra y palos precariamente construidos por alguno de nosotros eran depositadas y ahí las gladiadoras combatían a muerte rodeadas de un griterío. Asombroso ver como algunas muy pequeñas destrozaban a otras mucho más grandes. Una de esas tantas quedó en la memoria de unos cuantos. Negra, muy negra de color. Como resultó una campeona impecable gozó de la simpatía de todos nosotros por ser muy pequeña. Se ganó la libertad por ser una gran luchadora. Se marcho como ninguna otra lo lograba, viva. Las otras arañas que sobrevivían o no eran utilizadas  en cambote se las llevábamos a un curandero que sin ropa de la cintura hacia arriba, dejando su cotidiana camisa de lado, se colocaba las arañas por el cuerpo, menudo personaje del barrio. La tosquera tenía una profundidad de cien metros por lo menos. Para bajar había que correr, lentamente era mucho más peligrosos, no había que pensar demasiado: era como cerrar los ojos para darle un beso a una novia fea. Ya vas a saber lo que eso de la novia, lo importante es sentir, eso da placer… ojos que no ven, ojos que no sienten. El descenso era en plena carrera por un angosto camino. Si alguno le erraba al camino caía en piquada hacia el agua, seguro era historia. Obviamente ninguno de animaba a bajar. Esos intentos los hicimos unos cuantos años después y fue cuando dejaron la zona sin guardias. El pozo escondía dos lagunas. Una grande en las que algunos solían pescan y  la otra servía de pileta. En medio de la más grande había una pequeña isla. Se llama la cabeza del indio porque allí se levantaba  túmulo que tenia el rostro de un indio. Era una herida, un grito de denuncia que nacía de las raíces, algunos decían que de noche gritaba. En la más pequeña, un día en que yo camina por ahí junto con mi primo murió una pibe. Nadando. Lo chupó el barro. Fue impotencia ver como su novia gritaba  y pedía con gritos de llantos que alguien lo saque mientras una gorra giraba en círculos por toda el agua. todavía puedo ver nítidamente como su gorra flotó por toda la laguna.